El último sillón

El nacía en sus comienzos. Cosa que puede sonar obvia, pero no se nace siempre de la misma manera. Ni se llega a la vida por el mismo lugar, ni se la despide con prólogos. 

Pié forrado en cuero. Dos largas, paralelas y fuertes bases para soportar la humanidad que se desploma encima sin vergüenzas ni esperas. Y cuidado que hasta ahí hay solo veinte centímetros. Menos de la mitad de la mitad de todo su cuerpo. 

Ni qué hablar del roble, ni de su semilla, ni del terremoto que derrumbó la casa donde a la postre creció el noble árbol. Ni de Don Américo, el dueño de aquella casita. Sólo de la casa, por que el terreno no era de Don Américo. Aunque él nunca se dio por enterado. Claro que las verdades son tan propias y sustantivas como el dolor. Y también como el dolor, la verdad es intransferible, propiedad de uno. Hay tantas verdades como personas. Y sillones. 

Don Américo miraba con paz infinita la nueva construcción. Una planta, baja. Patio con linderos de amapolas. La casita del Tinto, su perro de siempre. Ya lista para habitar. Las ventanas del frente hacia el sur. El sol que babeaba el techo de oriente a poniente en su diario rodar. 

Le había ganado esta vuelta a la naturaleza sabia y destructora. Cielo e infierno. Horas nada más para barrer con su casa, sus hijos y la Natividad, su compañera de casi medio siglo. 

Flexionó cansinamente las piernas hasta lograr sentarse de cuerpo entero. Su sillón de las tardes de siempre lo abrazó. Su vista se nubló mínimamente. Sabía que era irreversible. Eran los primeros síntomas. Luego vendría el dolor de estómago, la parálisis de los miembros, y el corazón se detendría. El mismo veneno que le dio al Tinto, que respirando entrecortado y con la lengua afuera, ahora se había echado a sus pies. 

No podía seguir sin ellos. 

Y no podía irse vencido. 

El respaldo tiene forma de mano ahuecada. Y erguido, mide más de un metro treinta. Nunca se había mojado. Aunque hoy, el sol huía y comenzaba suavemente a llover. 

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